La primera vez que fui escritor no lo sabía.

Tenía diez años, quizás once. Mi padre era marinero y su puerto era New Orleans. Cada verano, cuando cerraban las escuelas en La Ceiba, yo cruzaba el Golfo y llegaba a esa ciudad que huele a río y a jazz y a algo que todavía no tenía nombre para mí. Llegaba a casa de mi abuela. Y mi abuela tenía cartas que escribir.

Ella me dictaba. Yo transcribía con lápiz grafito, en papel, con la letra que uno tiene cuando todavía no sabe que la letra importa. Eran cartas para familia en La Ceiba. Cartas para Tegucigalpa. Noticias pequeñas, saludos, encargos, el tipo de cosas que la gente de antes confiaba al papel porque el teléfono era caro y la distancia era real.

Cuando regresaba a Honduras, yo repartía esas cartas. En La Ceiba me movía en bicicleta. En Tegucigalpa, en el transporte público que entonces costaba veinte centavos. Iba de puerta en puerta, de mano en mano, entregando la voz de mi abuela traducida a mi letra de niño.

No lo entendí hasta hace poco.

Fue Doris quien me lo dijo. Una gran lectora, mujer que tiene el hábito de nombrar las cosas con precisión. Le conté la anécdota sin darle mayor peso, como quien recuerda algo simpático de la infancia. Y ella me miró y dijo: ahí empezaste. Esos fueron tus inicios como escritor.

Me quedé callado.

Porque tenía razón. Yo no empecé escribiendo cuentos ni columnas ni novelas. Empecé siendo el puente entre la voz de una anciana en Nueva Orleans y las manos de su familia en el Caribe. Empecé siendo mensajero. Empecé siendo el cuerpo que cargaba las palabras de otro de un lado al otro del mundo.

El lápiz grafito no perdona. No tiene tecla de borrar. Lo que escribís queda, con todo el peso de lo que no supiste decir mejor. Aprendí eso antes de saber que lo estaba aprendiendo.

Hay escritores que señalan el momento exacto en que decidieron escribir. Un libro que los marcó. Un maestro que los vio. Una tarde de lluvia con una hoja en blanco. Yo no tengo ese momento. Tengo a una abuela dictándome en una cocina de New Orleans. Tengo el olor del grafito. Tengo una bicicleta en las calles de La Ceiba y un bus que costaba veinte centavos y un sobre que alguien abrió del otro lado con las manos que tiemblan cuando llegan noticias de lejos.

No elegí ser escritor. Me pusieron un lápiz en la mano y me dijeron: andá, entregá esto.

Y todavía estoy entregando.