Lo que flota entre nosotros, de Glenn Flores
Reseña
Hay libros que se leen y hay libros que se recuerdan. “Lo que flota entre nosotros” pertenece a esa segunda categoría, aunque su autor insista en presentarlo como una simple colección de microficciones.
La etiqueta es honesta pero incompleta. Sí, son relatos breves. Sí, caben en pocas líneas. Pero el lector que se sienta con este volumen descubrirá que la brevedad no es pobreza sino precisión quirúrgica. Cada texto apunta a un lugar exacto del pecho y dispara sin aviso.
Lo primero que sorprende es el lenguaje. Flores escribe sin adornos innecesarios, con una sencillez que parece fácil hasta que uno intenta imitar ese equilibrio y fracasa. Las palabras llegan directas, sin rodeos, y aun así cargan algo que no se agota en la primera lectura. Esa es la marca de quien ha aprendido a escuchar antes de escribir.
Lo segundo que sorprende es el efecto de espejo. Varios de estos microrelatos producen en el lector una sensación extraña y precisa: la de estar leyendo algo que ya vivió pero que nunca supo cómo nombrar. Uno avanza rápido porque el texto lo atrapa, luego frena porque no quiere que termine. Esa tensión entre el impulso y la resistencia es una de las mejores cosas que puede provocar la literatura breve.
Los textos no pretenden ser autobiográficos, pero tampoco son inventados desde cero. Se percibe en ellos la huella de vidas observadas, de conversaciones escuchadas en una esquina o en un puerto, de dolores ajenos que el escritor recogió con cuidado antes de transformarlos en ficción. No todo nació de la experiencia propia, pero todo nació de la experiencia humana.
“Lo que flota entre nosotros” es un libro que se presta, que se regala, que se cita en conversaciones. Un libro que hace sentir al lector que no está solo en lo que carga. Y eso, en tiempos como estos, no es poca cosa.
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