Hay exámenes médicos que se hacen con cierta dignidad. Un electrocardiograma, por ejemplo. Uno entra, pone el pecho, sale, y puede mirar a los ojos a cualquier persona en el pasillo.

El examen del colon no es ese examen.

Lo que ocurre antes ya merece su propio artículo. La preparación del día previo es una negociación humillante entre el cuerpo y la física. Una dieta que no es dieta, un líquido que no es bebida y una noche que no es noche. Para cuando uno llega al Hospital D’Anthony en La Ceiba a las siete de la mañana, ya viene derrotado desde adentro.

El procedimiento en sí lo hicieron con una profesionalidad que agradezco. Rápido, técnico, sin comentarios innecesarios. La anestesia local hace lo suyo y uno queda en ese estado intermedio entre el sueño y la conciencia donde todo parece razonable y nada duele. Esa parte está bien.

El problema es la salida.

El club que nadie pide unirse
Pasillo de hospital con sillas de espera.

Cuando uno emerge de la sala de procedimientos con esa cara particular que tienen los que vienen de donde uno viene, la sala de espera del D’Anthony lo recibe en silencio total. Diez, doce personas sentadas en sillas plásticas anaranjadas. Nadie habla. Todos saben.

Y aquí está la primera distinción importante que aprendí esa mañana. No todos los que esperan son iguales. Están los viejitos, que vienen acompañados, tienen cara de resignación y miran el celular para no mirar a nadie. Y están los viejotes, categoría completamente diferente, que llegan solos, conocen a la enfermera por nombre, traen el expediente bajo el brazo y no se pierden ninguna cita con el urólogo desde hace años. Los viejotes no necesitan mirar el celular. Lo han visto todo.

Cuando pasé frente a ellos, los viejitos bajaron los ojos con respeto. Los viejotes me miraron directo, con esa expresión que no es burla ni lástima sino algo peor: reconocimiento. Como si acabara de ser admitido en una asociación que no tiene sede física pero sí tiene cuota anual.

Uno de ellos, el más viejote de todos, asintió levemente con la cabeza.

Yo asentí de vuelta.

No hubo palabras. No hacían falta.

Esa tarde, contándole a un amigo lo del examen, me preguntó dónde me lo había hecho. Le dije que en el D’Anthony. Me dijo que su papá iba ahí todos los meses.

Era el viejote que me había saludado.

Bienvenido al club.

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