Un manifiesto de los Nativos Digitales, de Piotr Czerski

Un manifiesto de los Nativos Digitales es un ensayo de Piotr Czerski que revela las contradicciones que han surgido con el estado actual de la cultura, Internet y la democracia.
No necesitamos monumentos. Necesitamos un sistema que esté a la altura de nuestras expectativas, un sistema que sea transparente y competente. Y hemos aprendido que el cambio es posible: que cada sistema que no es confortable para nosotros puede ser reemplazado y sustituido por uno nuevo, uno que sea más eficiente, más adecuado a nuestras necesidades, que dé más oportunidades.
Piotr Czerski —en realidad Kordian Peter Klecha (n. 1 de abril de 1981)— es un poeta y escritor polaco, cofundador de la banda Towary Zastępcze, graduado en ciencias informáticas en el Politécnico Universitario de Gdańsk, con estudios de filosofía en la Universidad de Gdańsk.
“Nosotros, los niños web”
Probablemente no existe otra palabra tan usada en exceso dentro del discurso de los medios como “generación”. Una vez traté de contar las “generaciones” que han sido proclamadas en los últimos diez años, desde el conocido artículo sobre la llamada “Generación Nada”, y creo que eran tantas como doce. Todas tenían algo en común: sólo existían en papel. La realidad nunca nos ha dado un solo impulso tangible, significativo e inolvidable, una experiencia común que siempre nos distinguirá de las generaciones anteriores. Lo hemos estado buscando, pero en cambio vino un cambio sustancial e inadvertido, junto con la televisión por cable, los teléfonos móviles y, sobre todo, el acceso a Internet. Es sólo hoy cuando podemos comprender plenamente cuánto ha cambiado durante los últimos quince años.
Nosotros, los niños web, quienes crecimos con Internet y en Internet, somos una generación que cumple los criterios de este término de una forma un tanto subversiva. No hemos tenido un impulso de la realidad, sino más bien una metamorfosis de la realidad misma. Lo que nos une no es un contexto cultural común y limitado, sino la creencia de que el contexto se define por sí mismo y es un efecto de la elección libre.
Al escribir esto, soy consciente de que estoy abusando del pronombre “nosotros”, ya que nuestro “nosotros” es fluctuante, discontinuo, borroso, de acuerdo a las viejas categorías: temporal. Cuando digo “nosotros”, significa “muchos de nosotros” o “algunos de nosotros”. Cuando digo “nosotros somos” significa que “a menudo lo somos”. Digo “nosotros” sólo con el fin de ser capaz de hablar de nosotros.
1. Crecimos con Internet y en Internet
Crecimos con Internet y en Internet. Esto es lo que nos hace diferentes, lo que marca la crucial —aunque sorprendente, desde su punto de vista— diferencia: nosotros no “surfeamos” Internet; para nosotros no es un “lugar” ni un “espacio virtual”. Internet, para nosotros, no es algo externo a la realidad, sino una parte de ella: una capa invisible pero presente constantemente, entrelazada con el entorno físico. No usamos Internet: vivimos en Internet y a través de él.
Si tuviéramos que contarles nuestra Bildungsroman1 análoga, se podría decir que hubo un aspecto natural a Internet en cada experiencia que nos ha formado. Hicimos amigos y enemigos en línea, preparamos machetes para los exámenes en línea, planeamos fiestas y sesiones de estudio en línea, nos enamoramos y rompimos en línea. La web, para nosotros, no es una tecnología que tuvimos que aprender y que nos las arreglamos para entender. La web es un proceso que sucede y se transforma continuamente ante nuestros ojos, con nosotros y a través de nosotros. Las tecnologías aparecen y luego se disuelven en las periferias, los sitios se construyen, florecen y luego se van, pero la web sigue, porque nosotros somos la web: nosotros, comunicándonos con los otros de una forma que nos es natural, más intensa y más eficiente que nunca antes en la historia de la humanidad.
Al ser criados en la web, pensamos de manera diferente. La capacidad de encontrar información es para nosotros algo tan básico como la posibilidad de encontrar una estación de tren o una oficina de correos en una ciudad desconocida. Cuando queremos saber algo —los primeros síntomas de la varicela, las razones del hundimiento del Estonia, o si la factura del agua no es sospechosamente alta—, tomamos medidas con la certeza de un conductor en un auto equipado con navegación satelital. Sabemos que vamos a encontrar la información que necesitamos en un montón de lugares, sabemos cómo llegar a esos lugares y sabemos cómo evaluar su credibilidad. Hemos aprendido a aceptar que, en lugar de una respuesta, nos encontramos con muchas diferentes, y de todas ellas podemos abstraer la versión más probable, descartando las que no nos parecen creíbles. Seleccionamos, filtramos, recordamos y estamos dispuestos a intercambiar la información obtenida cuando llega una más nueva y mejor.
Para nosotros, la web es una especie de memoria externa compartida. No tenemos que recordar los detalles innecesarios: fechas, cantidades, fórmulas, oraciones, nombres de calles, definiciones. Nos basta con un resumen, la esencia de lo que se necesita para procesar la información y relacionarla con los demás. En caso de que necesitemos los detalles, podemos encontrarlos en cuestión de segundos. Del mismo modo, no tenemos que ser expertos en todo, porque sabemos dónde encontrar a las personas que se especializan en lo que nosotros mismos no sabemos y en quienes confiamos. Las personas que comparten su experiencia con nosotros sin fines de lucro lo hacen debido a nuestra creencia compartida de que la información existe en el movimiento, de que quiere ser libre, de que todos nos beneficiamos del intercambio de información. Todos los días: estudiar, trabajar, resolver problemas cotidianos, perseguir nuestros intereses. Sabemos cómo competir y nos gusta hacerlo, pero nuestra competencia, nuestro deseo de ser diferentes, se basa en el conocimiento, en la habilidad para interpretar y procesar la información, y no en el monopolio de la misma.
2. Participar en la vida cultural no es algo fuera de lo normal para nosotros
Participar en la vida cultural no es algo fuera de lo normal para nosotros: la cultura global es el pilar fundamental de nuestra identidad, más importante para la definición de nosotros mismos que las tradiciones, los relatos históricos, la condición social, la ascendencia o incluso el lenguaje que utilizamos. Del océano de acontecimientos culturales escogemos los que nos convienen más, nos relacionamos con ellos, los revisamos, guardamos nuestros comentarios en los sitios web creados con ese propósito —que también nos dan sugerencias de otros álbumes, películas o juegos que después recomendamos—. Algunas películas, series o videos los vemos junto con nuestros colegas y amigos de todo el mundo; nuestras apreciaciones sólo son compartidas por un pequeño grupo de personas que tal vez nunca se encontrarán cara a cara. Por esta razón creemos que la cultura se está convirtiendo, simultáneamente, en algo global e individual. Es por eso que se necesita el libre acceso a ella.
Esto no quiere decir que exijamos que todos los productos de la cultura estén a nuestra disposición sin costo alguno, aunque cuando creamos algo, por lo general lo damos de vuelta para que circule. Entendemos que, a pesar del aumento de la accesibilidad de las tecnologías que ponen al alcance de todos la calidad de archivos de video o sonido hasta ahora reservada a los profesionales, la creatividad requiere un esfuerzo y una inversión. Estamos dispuestos a pagar, pero la comisión gigante que los distribuidores piden nos parece, obviamente, sobreestimada. ¿Por qué debemos pagar por la distribución de información que puede ser copiada a la perfección y sin ninguna pérdida de calidad? Si sólo estamos recibiendo la información por sí sola, queremos que el precio sea proporcional a ella. Estamos dispuestos a pagar más, pero esperamos recibir algo con valor añadido: un empaque interesante, un gadget, mayor calidad, la opción de verlo aquí y ahora, sin esperar a que el archivo descargue.
Somos capaces de mostrar aprecio y queremos recompensar a los artistas —ya que el dinero dejó de ser billetes de papel y se convirtió en una cadena de números en la pantalla, el pago se ha convertido en un acto simbólico de intercambio que se supone debe beneficiar a ambas partes—, pero las metas de ventas de las empresas no nos interesan en lo absoluto. No es nuestra culpa que su negocio haya dejado de tener sentido en su forma tradicional y que, en lugar de aceptar el reto y tratar de llegar a nosotros con algo más de lo que podemos obtener de forma gratuita, hayan decidido defender sus modos obsoletos.
Algo más: no queremos pagar por nuestros recuerdos. Las películas que nos recuerdan a nuestra infancia, la música que nos acompaña hace diez años: en la red de memoria externa son, simplemente, recuerdos. Recordarlos, intercambiarlos y desarrollarlos es para nosotros algo tan natural como las memorias de Casablanca lo son para ustedes. Encontramos en línea las películas que vimos cuando éramos niños y se las mostramos a nuestros hijos, tal y como ustedes nos contaron la historia de Caperucita Roja o de Ricitos de Oro. ¿Se imaginan que alguien los pueda acusar de violar la ley por hacer eso? Nosotros tampoco: no podemos.
3. No sentimos un respeto religioso a las “instituciones de la democracia”
Estamos acostumbrados a que las facturas se paguen de forma automática, siempre que nuestro saldo lo permita; sabemos que abrir una cuenta bancaria o cambiar nuestro móvil a otra red es sólo cuestión de rellenar un formulario en línea y firmar un acuerdo entregado por mensajería; un viaje al otro lado del continente y una corta visita a otra ciudad en el camino pueden organizarse en dos horas. En consecuencia, como usuarios del Estado, estamos cada vez más molestos con su interfaz arcaica. No entendemos por qué la ley de impuestos obliga a completar tantos formularios, el principal de los cuales tiene más de un centenar de preguntas. No entendemos por qué nos vemos obligados a confirmar oficialmente una dirección permanente para poder mudarnos a otra, como si los ayuntamientos no pudieran comunicarse entre sí sin nuestra intervención —por no mencionar que la necesidad de tener una dirección permanente, en sí, es suficientemente absurda—.
No hay rastro en nosotros de la humilde aceptación mostrada por nuestros padres, quienes estaban convencidos de que las cuestiones administrativas son de suma importancia y consideraban la interacción con el Estado como algo para celebrar. No creemos en el respeto enraizado en la distancia entre el ciudadano solitario y las majestuosas alturas donde reside la clase dominante, apenas visible entre las nubes. Nuestro punto de vista sobre la estructura social es diferente al suyo: la sociedad es una red, no una jerarquía. Estamos acostumbrados a iniciar un diálogo con cualquier persona, ya sea un profesor o una estrella del pop, y no necesitamos ningún requisito especial relacionado con el estatus social. El éxito de la interacción depende únicamente de si el contenido de nuestro mensaje será considerado importante y digno de respuesta. Y si, gracias a la cooperación, los debates continuos y la defensa de nuestros argumentos frente a la crítica, tenemos la sensación de que nuestras opiniones sobre muchas cuestiones son simplemente mejores, ¿por qué no deberíamos esperar un diálogo serio con el gobierno?
No sentimos un respeto religioso a las “instituciones de la democracia” en su forma actual; no creemos en su rol axiomático, como sí lo hacen quienes ven las “instituciones de la democracia” como un monumento por y para sí mismas. No necesitamos monumentos. Necesitamos un sistema que esté a la altura de nuestras expectativas, un sistema que sea transparente y competente. Y hemos aprendido que el cambio es posible: que cada sistema que no nos resulta confortable puede ser reemplazado y sustituido por uno nuevo, más eficiente, más adecuado a nuestras necesidades, que dé más oportunidades.
Lo que más valoramos es la libertad: la libertad de expresión, la libertad de acceso a la información y a la cultura. Creemos que es gracias a la libertad que la web es lo que es, y que es nuestro deber proteger esa libertad. Se lo debemos a las futuras generaciones, tanto como les debemos proteger el medio ambiente.
Tal vez todavía no le hemos dado un nombre, tal vez aún no estamos plenamente conscientes de ello, pero creo que lo que queremos es una democracia real, genuina. Una democracia que, quizás, es más de lo que sueña su periodismo.
Créditos y licencia
- Publicado originalmente en polaco como “My, dzieci sieci” por Piotr Czerski. Licencia CC BY-SA.
- Traducción al inglés: Marta Szreder. Licencia CC BY-SA.
- Traducción del inglés al español: Geraldine Juárez. Licencia CC BY-SA.
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Bildungsroman: la novela de formación o novela de aprendizaje es un género literario que retrata la transición de la niñez a la vida adulta. El término alemán original significa, literalmente, novela de formación o novela de educación, y fue acuñado por el filólogo Johann Carl Simon Morgenstern en 1819. Más información en Wikipedia. ↩
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